Lo hemos escuchado innumerables veces: "mejor espera a que hable", "es muy pequeño para evaluarlo", "a fulanito se le quitaron los síntomas cuando creció". Desde conversaciones familiares hasta algunos consejos que aún circulan en consultas médicas, persiste la idea de que esperar antes de realizar una evaluación de autismo es la mejor decisión. Se argumenta que así se evita etiquetar al niño, que no hay que apresurar el desarrollo o que simplemente hay que darle más tiempo al neurodesarrollo.
Pero, ¿eso es realmente lo que dice la ciencia? La respuesta es no.
La investigación en neurodesarrollo ha demostrado de forma consistente que la identificación e intervención tempranas ofrecen las mejores oportunidades para potenciar el desarrollo infantil. Esto no significa diagnosticar a todos los niños precozmente, sino evaluar cuando existen señales de alerta. De hecho, actualmente existen instrumentos estandarizados y validados que permiten identificar características compatibles con el trastorno del espectro autista (TEA) desde aproximadamente los 12 meses de edad, aunque el diagnóstico suele adquirir mayor precisión entre los 18 y 24 meses (Pierce et al., 2019).
Una pregunta frecuente de las familias es: si un niño recibe un diagnóstico de autismo a los 2 o 3 años, ¿cuáles son las probabilidades de que ese diagnóstico sea incorrecto? La evidencia disponible es tranquilizadora. Los estudios longitudinales muestran que, cuando la evaluación es realizada por profesionales capacitados utilizando herramientas diagnósticas estandarizadas, los diagnósticos realizados alrededor de los 18 a 24 meses presentan una alta estabilidad a lo largo del tiempo. En otras palabras, la gran mayoría de los niños que cumplen criterios diagnósticos a esa edad continúan cumpliéndolos en evaluaciones posteriores (Pierce et al., 2019).
Por supuesto, ningún proceso diagnóstico es perfecto. Algunos niños presentan características que aún no son suficientemente claras, especialmente durante el segundo año de vida. En esos casos, un profesional ético no "forzará" un diagnóstico. Lo más frecuente es recomendar seguimiento y reevaluaciones periódicas para observar cómo evoluciona el desarrollo. La evaluación clínica es precisamente un proceso diseñado para responder a la evidencia disponible en cada momento, no para colocar etiquetas innecesarias.
En cambio, esperar sin evaluar cuando existen señales de alerta sí puede tener consecuencias importantes. Si un niño necesita apoyos especializados y estos se atrasan durante meses o años, se pierde un período de gran plasticidad cerebral en el que las intervenciones suelen generar mayores beneficios. Diversas investigaciones han demostrado que las intervenciones tempranas se asocian con mejores resultados en áreas como el lenguaje, la comunicación social, las habilidades adaptativas y la participación en la vida cotidiana (Zwaigenbaum et al., 2015).
Es importante recordar que una evaluación no obliga a recibir un diagnóstico. Una evaluación es un proceso para comprender el desarrollo del niño. Si no hay evidencia suficiente de autismo, no se emitirá ese diagnóstico. Si los hallazgos sugieren otra condición del neurodesarrollo o simplemente una variación dentro del desarrollo típico, eso también formará parte de las conclusiones. Y si la información aún es insuficiente, la recomendación será observar la evolución y volver a evaluar más adelante.
Esperar por miedo a "equivocarse" no suele ser la estrategia más segura. Evaluar tempranamente permite tomar decisiones informadas, ofrecer apoyos cuando son necesarios y acompañar a las familias con base en evidencia científica, no en mitos o anécdotas. En neurodesarrollo, el tiempo importa. Y cuando existen preocupaciones sobre el desarrollo de un niño, una evaluación oportuna puede marcar una diferencia significativa.
Referencias
Pierce, K., Gazestani, V., Bacon, E., Barnes, C. C., Cha, D., Nalabolu, S., Lopez, L., Moore, A., Pence-Stophaeros, S., Courchesne, E., & Courchesne, R. (2019). Evaluation of the diagnostic stability of the early autism spectrum disorder phenotype in the general population starting at 12 months. JAMA Pediatrics, 173(6), 578–587. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2019.0624
Zwaigenbaum, L., Bauman, M. L., Choueiri, R., Fein, D., Kasari, C., Pierce, K., Buie, T., Davis, P. A., Granpeesheh, D., Mailloux, Z., Newschaffer, C., Robins, D., Wetherby, A., Stone, W. L., Yirmiya, N., Estes, A., Hansen, R. L., McPartland, J. C., Natowicz, M. R., ... Wagner, S. (2015). Early intervention for children with autism spectrum disorder under 3 years of age: Recommendations for practice and research. Pediatrics, 136(Suppl. 1), S60–S81.