Análisis de color, autoestima, y lo que dice la literatura
Hace un mes me hice un análisis de color y estilo. El algoritmo de Instagram me convenció de que era una buena inversión. Y, honestamente, me encantó. Saqué una tarde para guiar aproximadamente una hora hasta Portland y visitar a Camila, de The Look Editor. Durante hora y media, Camila me ofreció una clase interactiva de teoría del color, recomendaciones de estilo según la forma de mi cuerpo, sugerencias de maquillaje y prendas, y una conversación sobre cómo la vestimenta puede influir en nuestro estado de ánimo.
Lo que más me gustó fue que las recomendaciones se mantuvieron dentro de mi realidad. Le expliqué que trabajo a tiempo completo de manera remota, que paso buena parte del día correteando con mis dos nenes y que nuestra familia disfruta pasar tiempo afuera, en las montañas y alrededor del Columbia River Gorge. Necesitaba recomendaciones que funcionaran para la vida que tengo, no para una versión idealizada de mí misma que dispone de dos horas para arreglarse todas las mañanas.
También quería explorar algo más personal: ¿cuál es mi estilo ahora?
Porque, científicamente hablando, o mejor dicho, desde lo que sabemos sobre el desarrollo de la identidad, no somos exactamente las mismas personas a los veinte que a los treinta y tantos. Nuestras responsabilidades cambian, nuestras prioridades evolucionan y, con ellas, también pueden cambiar nuestras preferencias, incluida la manera en que queremos vestirnos.
La Laura de los veinte ya no es exactamente la Laura de los treinta y tantos. Ahora estoy en una etapa de mid-career, soy mamá de dos y mi vida cotidiana requiere una combinación de comodidad, practicidad y expresión personal. Quería conservar mi estilo ecléctico, pero descubrir cómo hacerlo funcionar mejor para mí en este momento.
Durante la sesión identificamos que gravito hacia un estilo casual y femenino. Y, cuando lo pienso, tiene mucho sentido: es el estilo con el que me siento cómoda, me reconozco y disfruto vestirme.
Después hablamos de siluetas y proporciones para mi figura triangular. Camila me explicó cómo las blusas asimétricas pueden añadir interés visual a la parte superior del cuerpo, cómo los pantalones de cintura alta pueden ayudar a definir las proporciones y cómo las blusas con cuello pueden aportar estructura sin sacrificar comodidad. También exploramos pantalones y faldas de caída suelta, que me permiten moverme con libertad y sentirme cómoda con mi cuerpo en esta etapa posparto.
Frente al espejo, me fue enseñando pequeños styling hacks: cómo crear visualmente mayor énfasis en los hombros, cómo jugar con las proporciones y por qué algunas prendas demasiado largas pueden hacer que la silueta parezca menos alargada.
Después pasamos a la parte del análisis de color. Nos acercamos al espejo y comenzamos a comparar diferentes telas y tonalidades cerca del rostro, observando cómo cambiaba el contraste visual de mi piel.
Cuento largo, corto: llegamos a la conclusión de que mi paleta era Clear Winter.
Y déjenme decirles que aquí se confirmó algo que la gente llevaba años diciéndome: los violetas, los rosados intensos y los azules me favorecen. Lo que no sabía era cuáles tonalidades específicas buscar.
También descubrí que podía seguir utilizando negro y gris, que el amarillo limón era una opción dentro de mi paleta y que, según las recomendaciones de la sesión, debía reconsiderar el anaranjado.
Le dije a Camila que casi nunca usaba anaranjado. Sin embargo, cuando llegué a casa y revisé mi clóset, encontré evidencia bastante convincente de lo contrario.
Así comenzó mi pequeña misión de reorganizar mi vestuario: revisar lo que tengo, identificar qué prendas realmente utilizo, experimentar con los colores que descubrí y, de ahora en adelante, ser más intencional al invertir en piezas que funcionen para mi estilo y mi vida cotidiana.
Pero, más allá de lo mucho que disfruté la experiencia, me quedé pensando en algo.
¿Qué tiene que ver todo esto con la autoestima?
Una inversión en mi imagen durante una etapa de cambios
Recuerdo una conversación que tuve hace años con el papá de una de mis mejores amigas. Me contó que, durante las crisis, había observado un patrón en el comportamiento de sus clientes: según su experiencia en los negocios, los hombres tendían a comprar alcohol y las mujeres a invertir en su imagen.
Aquella conversación se me quedó grabada.
Seis años después del paso del huracán María por Puerto Rico, me encontré a mí misma invirtiendo tiempo y dinero en mi imagen en un momento de cambios personales importantes. Estaba aproximadamente a seis meses de mi posparto, adaptándome a las exigencias de la maternidad y tratando de encontrar un nuevo equilibrio entre mi identidad profesional, mi vida familiar y mis propias necesidades.
¿Era casualidad que me interesara por mi imagen precisamente en esa etapa? ¿Quería simplemente aprender qué colores me favorecían o había algo más detrás de esa decisión?
No puedo afirmar que mi experiencia represente la de otras mujeres ni que aquella observación que escuché durante una crisis sea una regla general sobre cómo hombres y mujeres responden a las dificultades. Pero sí me llevó a una pregunta que considero interesante: ¿puede invertir en nuestra imagen ser una manera de reconectar con nosotros mismos cuando atravesamos cambios importantes?
Para explorar esta pregunta, decidí mirar más allá de mi experiencia personal y examinar qué nos dice la investigación científica sobre el análisis de color, la imagen corporal y la autoestima.
¿Qué dice la literatura científica?
Cuando hablamos de análisis de color personal, o color analysis, nos referimos a un proceso que busca identificar las tonalidades que generan una armonía visual con características como el tono y el subtono de la piel, el color de los ojos, el cabello y el contraste natural del rostro.
Aunque tradicionalmente se ha utilizado con fines estéticos, su popularidad plantea una cuestión que va más allá de la apariencia: ¿qué sucede cuando descubrimos colores que nos gustan, aprendemos a combinarlos y comenzamos a sentirnos más cómodos con la manera en que nos presentamos ante los demás?
La investigación específica sobre análisis de color y autoestima todavía es limitada. Sin embargo, algunos estudios recientes han comenzado a examinar directamente esta relación.
Seo y Kim (2024) estudiaron a 30 universitarias antes y después de una experiencia de diagnóstico de color personal. Los autores informaron un aumento estadísticamente significativo en la autoestima promedio después de la experiencia, además de cambios positivos en la percepción del color personal y las relaciones interpersonales.
Este resultado me parece interesante porque sugiere que una actividad que normalmente asociamos con la estética podría acompañarse de cambios en la forma en que algunas personas se perciben a sí mismas.
Sin embargo, es importante interpretar estos hallazgos con cautela. La muestra fue pequeña y estuvo compuesta por mujeres jóvenes de un contexto específico. Además, observar cambios después de una experiencia no demuestra necesariamente que el análisis de color haya sido su causa. La novedad de la actividad, las expectativas de las participantes y la atención individual recibida también podrían haber contribuido.
Por su parte, Park y Jo (2025) examinaron la relación entre la percepción del color personal, la autoestima, la imagen corporal y las conductas relacionadas con el maquillaje en 250 mujeres adultas jóvenes. Sus resultados señalaron asociaciones entre determinadas dimensiones de la percepción del color personal, la autoestima y la imagen corporal.
Estos hallazgos ofrecen una razón para continuar investigando el tema. No obstante, tampoco demuestran que recibir una asesoría de color produzca necesariamente una mejora de la autoestima.
En conjunto, ambos estudios me hicieron pensar que quizá el valor de esta experiencia no se limita a descubrir qué colores nos favorecen. También podría estar relacionado con el proceso de explorar nuestra imagen, aprender algo nuevo sobre nosotros mismos y tomar decisiones con mayor intención.
Pero ¿cómo podría ocurrir esto?
La diferencia entre vernos mejor y sentirnos mejor con nosotros mismos
Para comprender esta relación, es importante distinguir entre tres conceptos: satisfacción con la apariencia, imagen corporal y autoestima.
La satisfacción con la apariencia se refiere a cuánto nos gusta nuestra imagen. La imagen corporal comprende las percepciones, los pensamientos y los sentimientos que tenemos sobre nuestro cuerpo. La autoestima, por su parte, se relaciona con la valoración general que hacemos de nosotros mismos.
Aunque estos conceptos pueden influirse mutuamente, no significan lo mismo.
Podemos disfrutar de cómo nos queda una blusa, sentirnos más cómodos con un conjunto o descubrir un color que nos encanta sin que eso transforme necesariamente nuestra autoestima global.
Del mismo modo, una persona puede tener una autoestima saludable y disfrutar de la moda sin necesitar que cada prenda favorezca su apariencia según un sistema determinado.
Entonces, ¿dónde podría estar el beneficio?
En mi caso, una parte importante fue sentir que las recomendaciones respondían a mi realidad. No se trataba de convertirme en otra persona, comprar un clóset nuevo o adoptar un estilo que no reconociera como mío. Se trataba de entender mejor lo que ya me gusta y encontrar maneras de adaptarlo a la vida que tengo.
Creo que esta distinción es importante. Una asesoría de imagen puede ofrecernos herramientas para tomar decisiones, pero su valor no debería depender de que cumplamos todas las recomendaciones recibidas.
Conocer mi paleta Clear Winter me ofrece un punto de partida para experimentar con los colores. No significa que ahora tenga que desechar todas las prendas que no pertenecen a ella. Tampoco significa que el anaranjado haya dejado de gustarme o que no pueda volver a utilizarlo.
Significa que tengo información nueva y puedo decidir qué hacer con ella.
Esa autonomía me parece mucho más interesante que la idea de encontrar una lista definitiva de colores correctos e incorrectos.
¿Qué ocurre cuando nuestra imagen cambia junto con nuestra vida?
La experiencia también me hizo reflexionar sobre los cambios que acompañan la maternidad.
El posparto puede implicar transformaciones físicas, emocionales y prácticas. Nuestro tiempo cambia, nuestras prioridades se reorganizan y, en ocasiones, nuestra relación con el cuerpo también se transforma.
En medio de esas transiciones, encontrar ropa que nos resulte cómoda y que represente nuestros gustos actuales puede parecer algo pequeño. Sin embargo, también puede convertirse en una forma concreta de atender nuestras preferencias dentro de una rutina que suele estar organizada alrededor de las necesidades de otras personas.
No quiero sugerir que todas las madres necesiten invertir en su imagen ni que comprar ropa sea una solución a las dificultades que pueden acompañar el posparto. Tampoco creo que la maternidad tenga que implicar dejar de cuidar nuestra apariencia.
Lo que me interesa es la posibilidad de recuperar un espacio de decisión personal.
En mi caso, la asesoría me permitió detenerme durante una tarde y pensar en qué me gusta, qué necesito y cómo quiero presentarme en esta etapa de mi vida.
La comodidad dejó de ser una característica secundaria y pasó a formar parte central de las recomendaciones. Las prendas debían funcionar para trabajar desde casa, cuidar a mis hijos, salir a caminar y disfrutar del Gorge. No quería escoger entre sentirme cómoda y sentir que mi imagen me representaba.
Quería ambas cosas.
Y quizá parte del disfrute de la experiencia estuvo precisamente ahí: en reconocer que mi estilo puede evolucionar conmigo, sin que eso signifique que haya perdido algo de quien era antes.
Las redes sociales: inspiración o una nueva fuente de presión
No puedo hablar de mi experiencia sin reconocer que llegué a ella gracias al algoritmo de Instagram.
Las redes sociales pueden ayudarnos a descubrir servicios, aprender sobre moda y encontrar ideas que quizá nunca habríamos explorado por nuestra cuenta. Al mismo tiempo, nos exponen constantemente a comparaciones y estándares de apariencia.
Vincente-Benito y Del Valle Ramírez-Durán (2023) revisaron la literatura sobre el uso de las redes sociales, la imagen corporal y el bienestar en adolescentes y adultos jóvenes. Asimismo, Andres et al. (2024) examinaron la relación entre los medios de comunicación, la imagen corporal y los ideales socioculturales de apariencia en América Latina.
Aunque estos estudios no investigan directamente los efectos del análisis de color, ayudan a contextualizar la manera en que consumimos actualmente información sobre nuestra apariencia.
Pensemos en lo fácil que es pasar de un video que nos enseña a combinar colores a otro que nos dice qué prendas debemos evitar, qué proporciones deberíamos tener o qué características necesitamos corregir.
El problema no es necesariamente interesarnos por la estética. El problema aparece cuando comenzamos a interpretar cada recomendación como una nueva razón para sentirnos insuficientes.
El análisis de color puede ampliar nuestras opciones, pero también podría convertirse en una fuente de presión si se presenta como una medida absoluta de belleza.
Por eso, considero importante recordar que ninguna paleta determina cuánto vale una persona. Ningún sistema de estilo puede definir por completo nuestra identidad, y ningún color debería convertirse en una condición para sentirnos bien con nosotros mismos.
Podemos disfrutar de las recomendaciones de una asesora sin convertirlas en reglas inquebrantables.
Entonces, ¿puede el análisis de color influir en nuestra autoestima?
La evidencia disponible ofrece algunos indicios de una posible relación entre la percepción del color personal, la autoestima y la imagen corporal. Sin embargo, todavía es insuficiente para afirmar que el análisis de color mejore necesariamente la autoestima o que sus efectos sean duraderos.
Los estudios de Seo y Kim (2024) y Park y Jo (2025) constituyen puntos de partida interesantes, pero necesitamos investigaciones con muestras más amplias, seguimiento a largo plazo y diseños que permitan distinguir los efectos específicos de la asesoría de otros factores.
Mientras tanto, podemos reconocer que existen beneficios prácticos y personales que merecen explorarse, sin convertirlos en promesas psicológicas que la ciencia todavía no ha confirmado.
En mi caso, la experiencia me dejó una nueva manera de pensar en mi vestuario. Ahora puedo revisar mi clóset con mayor intención, identificar las prendas que realmente utilizo y elegir futuras compras considerando tanto los colores como mi estilo de vida.
Pero también me dejó una pregunta más personal: ¿cuánto espacio me doy para explorar quién soy ahora, en lugar de seguir intentando vestirme como la persona que era hace diez años?
No sé si mi análisis de color ha mejorado mi autoestima en un sentido psicológico amplio. Sería demasiado pronto para afirmarlo. Lo que sí sé es que disfruté dedicarme tiempo, aprender algo nuevo y encontrar recomendaciones que respetaran mi realidad.
Y creo que esa experiencia merece valor por sí misma.
Quizá el beneficio no esté únicamente en descubrir que el azul intenso me favorece más que otros tonos. Quizá también esté en darme permiso para prestar atención a mis preferencias, reconocer los cambios de esta etapa y disfrutar de una actividad que hice simplemente porque quería hacerla.
No todas las inversiones en nosotros mismos tienen que resolver un problema. Algunas pueden ser una manera de explorar, aprender y disfrutar.
Al final, mi paleta Clear Winter es una herramienta, no una identidad. Mi estilo puede seguir cambiando, mi cuerpo puede seguir atravesando distintas etapas y mis preferencias pueden evolucionar con el tiempo.
No necesito que cada prenda sea perfecta para sentirme bien conmigo misma.
El análisis de color puede ayudarme a descubrir cómo quiero presentarme, pero no determina quién soy ni cuánto valgo.
Y quizá esa sea la reflexión que me llevo de aquella tarde en Portland: aprender a vestirnos para la vida que tenemos hoy puede ser una experiencia de autoconocimiento, siempre que recordemos que nuestra imagen es una forma de expresión, no una medida de nuestro valor personal.
Referencias
Andres, F. E., Boothroyd, L. G., Thornborrow, T., Chamorro, A. M., Dutra, N. B., Brar, M., Woodward, R., Malik, N., Sawhney, M., & Evans, E. H. (2024). Relationships between media influence, body image and sociocultural appearance ideals in Latin America: A systematic literature review. Body Image, 51, Article 101774. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2024.101774
Park, C.-H., & Jo, S.-Y. (2025). The effects of personal color perception on self-esteem, body image, and makeup behavior among women in their 20s and 30s. International Journal of Health and Beauty, 19(3), 88–99. https://doi.org/10.35131/ishb.2025.19.3.88
Seo, H.-K., & Kim, S.-H. (2024). The effect of personal color perception of female college students on self-esteem and interpersonal relationships. Journal of the Korean Society of Cosmetology, 30(2), 279–285. https://doi.org/10.52660/JKSC.2024.30.2.279
Vincente-Benito, I., & Del Valle Ramírez-Durán, M. (2023). Influence of social media use on body image and well-being among adolescents and young adults: A systematic review. Journal of Psychosocial Nursing and Mental Health Services, 61(12), 11–18. https://doi.org/10.3928/02793695-20230524-02