¿Es muy temprano para una opinión?
Esta no era la entrada con la que imaginaba iniciar el 2026. Sin embargo, la exposición a noticias sobre la intervención de Estados Unidos en Venezuela volvió imposible cualquier otro foco de atención el domingo pasado. Entre titulares, análisis y el flujo constante de las redes sociales, compartí en una historia mi convicción al respecto: la intervención estadounidense nunca ha producido libertad. La libertad no se decreta ni se impone; se siembra, se cultiva, y requiere tiempo, condiciones y autodeterminación.
La reacción no tardó. En cuestión de minutos comenzaron a llegar mensajes de amistades venezolanas preguntándome por qué no podía alegrarme por ellos. También observé escenas de celebración en ciudades como Miami y Madrid, con llanto y júbilo, celebraban que, por fin, Maduro estaba fuera. También me llegaron mensajes de otras amistades venezolanas, señalando lo fácil que resulta sostener una postura crítica desde el privilegio, sin ser yo quien tiene familia sobreviviendo allá. Tenían razón también. Las posiciones políticas no se construyen únicamente desde la ideología, sino desde la experiencia encarnada de dolor y urgencia.
Pronto resultó evidente que era demasiado temprano para estar compartiendo mis posturas públicamente. Hay momentos en los que la reflexión necesita pausa y dejar que los acontecimientos respiren. Me disculpé con mis amistades y aclaré que soy antiimperialista y, al mismo tiempo, antichavista. Ya en la noche, las redes comenzaron a llenarse de posturas nombrando la dualidad. Se sentía alivio ante la salida de un dictador y a la misma vez, una incomodidad dolorosa por las implicaciones históricas y futuras de una intervención estadounidense. Opté por el silencio público, acompañado con apoyo de corazoncitos rojos como forma modesta de apoyo sensible.
Esta experiencia también pone en evidencia diferencias profundas en cómo responde la disciplina que atiende la psiquis. La neuropsicología estadounidense suele limitarse al ámbito clínico, delegando lo comunitario a agencias especializadas, dentro de un sistema fragmentado y determinado por la fuente del financiamiento. La neuropsicología latinoamericana, en contraste, se despliega tanto en la clínica como en la calle: en el cuerpo que baila, en el diálogo del barrio, en lo cotidiano como espacio de resistencia y reparación. No sé hacia dónde nos llevará este momento histórico, pero sí sé que nuestros sistemas nerviosos están en estado de alerta sostenida. Y quizás, antes de cualquier análisis definitivo, reconocer esa activación compartida sea el primer paso para pensar y sentir con mayor responsabilidad colectiva.
Los tengo en mi mente y corazón. Sigo pendiente.
Att.,
Su hermana puertorriqueña