Habitando el presente antes de que todo cambie

Hay algo profundamente transformador en saber que en menos de seis semanas la vida, tal como la conocemos hoy, va a cambiar. La dulce espera del embarazo no es solo contar los días para conocer a quien viene en camino, también es crear consciencia, pausa, y preparación interna. Es un cierre silencioso de etapa mientras otra comienza a asomarse.

He descubierto que este tiempo final no se trata únicamente de “aguantar” o “llegar” a la fecha probable de parto. Se trata de recanalizar la energía. El cuerpo, con su sabiduría ancestral, ya lo está haciendo: se mueve más lento, pide descanso, selecciona con mayor cuidado en qué invertir cada esfuerzo. En lugar de resistirme a esa nueva cadencia, he decidido escucharla. Si la energía no es la misma que en el segundo trimestre, entonces la dirijo hacia lo esencial: nutrirme, regular el azúcar, dormir lo suficiente (al menos tratar), moverme diariamente.

Contar los días con consciencia es muy distinto a tacharlos en el calendario con ansiedad. Trato de diseñar cada mañana y tarde con consciencia, preguntándome, ¿qué necesita hoy mi cuerpo?, ¿qué necesita hoy mi familia?, ¿qué necesita hoy mi mente? Hay días de mucha claridad y otros de mayor cansancio. Ambos son válidos. Esta práctica me ha permitido transformar la espera en un ritual cotidiano, preparar la maleta con calma, lavar la ropita del bebé como un acto simbólico, terminar pequeños proyectos en casa con la intención de cerrar ciclos.

Curar los espacios también se ha vuelto parte de esta transición. No hablo solo de ordenar o limpiar, sino de dar intención a los lugares que habitamos. Mover muebles para que la energía fluya mejor, simplificar, deshacerme de lo que ya no sirve, crear rincones que inviten al descanso. El hogar se convierte en un nido, pero también en un reflejo de la claridad mental que quiero cultivar antes del nacimiento. Menos ruido visual, dando más espacios de calma.

En medio de todo esto está mi querido toddler. Saboreo cada abrazo espontáneo, cada frase espontánea, cada intento de independencia. Sé que pronto dejará de ser “el más pequeño”. Esta consciencia me ha llevado a dedicarle momentos exclusivos, como leer juntos sin prisas, salir a caminar de la mano, escuchar sus historias con atención plena. No se trata de compensar por lo que vendrá, más bien honrar la dinámica actual, esa que ha sido nuestro universo hasta ahora.

Mi pareja también ocupa un lugar central en esta recta final. Entre preparativos y listas, es fácil olvidar que estamos a punto de volver a transformarnos como equipo. Hemos procurado abrir conversaciones honestas sobre expectativas, miedos, y logística. Pero también buscamos espacios sencillos de conexión, como una cena tranquila en casa, ver videos mientras nos acurrucamos, y planificar cómo nos apoyaremos mutuamente en las primeras semanas. Fortalecer el vínculo ahora es sembrar estabilidad para el cambio que se aproxima.

Al mismo tiempo, es hora de adoptar más estrategias de salud proactivas que me sostienen física y emocionalmente. Regular el azúcar se ha vuelto prioridad: elegir alimentos que mantengan la energía estable, combinar proteína con carbohidratos complejos, evitar picos que me dejen exhausta después. Tomar agua de forma constante. La hidratación impacta en la circulación, en la digestión y hasta en el estado de ánimo. Mantener el movimiento diario también ha sido clave. Llenar el día con caminatas cortas, estiramientos suaves, sentadillas apoyadas mientras juego con mi hijo, respiraciones profundas que expandan el diafragma, y si es martes, una clase de Jazz.

La dulce espera, tiempo de presencia exponencial. En menos de seis semanas la casa será más ruidosa, los horarios más impredecibles, el corazón más amplio. Hoy elijo vivir esta etapa con intención, cuidando mi energía, curando mis espacios, nutriendo mis vínculos, y honrando la familia que somos ahora, sabiendo que está a punto de expandirse.

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