Añadir a LinkedIn: Neuropsicóloga Montessori

Mi jornada laboral ha cambiado después de convertirme en mamá y ser la cuidadora principal. Tuve cinco meses de pausa en el posparto y, cuando regresé a trabajar, fue en jornada parcial (menos de 15 horas semanales). Después, cuando busqué un trabajo a tiempo completo, no duré mucho porque las exigencias de la nueva compañía no iban de acuerdo con mis necesidades de estar en casa a cierta hora y de responder a las demandas de mi hogar. Ahora mi hijo ya tiene dos años, he logrado sobrevivir en el mercado laboral por tener una especialización tan necesaria en estos tiempos. Aun así, se me dificulta mantenerme competitivamente en la fuerza laboral mientras tengo un nene tan pequeño en casa y pronto otra nena.

De contrato en contrato, he logrado conseguir horas algo estables, aunque nunca garantizadas. Eso, juntado con la predictibilidad de un cuido infantil, ha permitido un mejor balance. Sin embargo, cuando hay un brote de conjuntivitis, enfermedad de boca-mano-pie, u otro virus, me toca nuevamente cerrar disponibilidad para estar en casa.

En búsqueda de nuevos contratos o clientes, me topo con la competencia laboral, y la inevitable inclusión de la inteligencia artificial en la carrera. Antes era normal tardarse horas por un reporte neuropsicológico comprensivo. Ahora las compañías piden hacer diez reportes por semana. Esperan máxima eficiencia y rapidez, por la expectativa de usar la IA. Antes, escribir un reporte neuropsicológico era casi como escribir un estudio de caso al estilo de Oliver Sacks. Ahora te proveen listas de cotejo y programas automatizados, para que firmes más reportes y se pueda cobrar más a los planes médicos.

En parte entiendo, estos cambios impactan el cómo de nuestra disciplina. Quedarme en mi rigidez de no utilizar estos programas me penaliza financieramente, porque con uno o dos reportes a la semana no alcanza el salario. Me resigno y empiezo a usar las listas de cotejo, y tristemente ya no escribo los párrafos descriptivos. Extraño con nostalgia los días en que escribíamos creativamente los reportes, el perfecto junte de arte, ciencia, y precisión clínica.

Recuerdo en mi maestría en Neurociencia Educativa, aprender de Montessori, el tiempo en la naturaleza, el aprender a tu ritmo, el incluir los sentidos, el poner al diseño humano ante todo. Me pareció tan intuitivo y tan acorde con la neurociencia. Quisiera que me permitieran ser una neuropsicóloga Montessori. En la era de sobreexaltar la tecnología y depender de los aparatos virtuales, me enorgullece saberme instrumento de memoria, corregirlos a lápiz, y escribir un reporte sin la ayuda de estos programas automatizados.

Leo las propuestas de la Academia Americana de Neuropsicología Clínica, y su afán con las evaluaciones, sus propuestas digitales elegantes. Me recuerdo que yo sigo siendo caribeña, y que quizás algo más análogo vaya de acuerdo con mi forma de ser. En fin, ¿no estamos en esas como quiera? ¿Moviéndonos de pasar tanto tiempo ante pantallas a priorizar experiencias reales? ¿Dejar de depender de currículos tan exhaustivos y volver a lo simple, para que el cerebro, relajado y autorregulado, haga lo que tiene que hacer?

Quisiera ser una neuropsicóloga Montessori. Mientras la disciplina (al menos en Gringolandia) va corriendo a abrazar la automatización y a reemplazar nuestras destrezas por máquinas, yo lo que quiero es dar intervenciones al aire libre, a lápiz y papel, si eso. Que los nenes sepan cómo se sienten las estaciones con sus diferentes climas, y que sepan las distintas meriendas que puede brindar un jardín bien cuidado. En fin, nuestro cerebro no funciona sentado frente a un formulario. Más bien piensa mientras se mueve, toca, organiza, se equivoca y vuelve a intentar. ¿No es esto una neuropsicología ecológicamente válida?

El pensar con las manos, aprender mientras se hace, y dejar que el ritmo lento dentro de un vacío despierte curiosidades que nos insten a explorar. Desde la neurociencia sabemos que la atención, la memoria, y la planificación no son solo procesos mentales, sino que surgen cuando manipulamos objetos, nos orientamos en el espacio, contamos historias o resolvemos problemas cotidianos. El movimiento, los sentidos, y el entorno regulan la mente más de lo que creemos. Por ende, evaluar (y cuidar) el cerebro solo desde lo abstracto deja fuera una parte esencial de cómo vivimos.

Un enfoque inspirado en Montessori utiliza materiales físicos y neutrales. Algo que necesitamos. Mi nene estuvo amando el patio por meses, y ahora años. ¿Qué hacemos? Mirar las piedras, coleccionar palitos, inspeccionar los cambios de los árboles. Hay personas que inundan los patios con chorreras, columpios y juguetes. No que eso esté mal. Pero ¿desde cuándo la naturaleza no es suficiente? Podemos pasar una vida entera estudiándola y aun así el tiempo no bastaría.

Si me pagaran por ser una neuropsicóloga Montessori, me dedicaría a una neuropsicología para la vida diaria. Una de las mayores dificultades en la disciplina actual, es cómo mostrar que los resultados y las intervenciones tienen valor en los contextos reales, fuera de la clínica. Pues, ¿qué tal si las hacemos y damos fuera del consultorio clínico? En fin, la salud se vive en el día a día, no una hora por semana, según lo permite el plan médico. Más allá de la evaluación clínica, este enfoque conecta directamente con el bienestar e indaga en cómo organizamos nuestros espacios, cómo usamos el cuerpo para concentrarnos y cómo el ritmo, el entorno y los objetos influyen en nuestra claridad mental.

Cuidar el cerebro no es solo entrenarlo, es diseñar una vida adecuada para su funcionamiento. Es conocer su diseño y modo de operación, para darle lo que necesita. Es alejarnos de la obsesión tecnológica y volver a lo que nos hace humanos. Jugar juegos de mesa, compartir cenas con familiares, invitar a los amigos y verlos con frecuencia, bailar y pasarla bien. El futuro de la neuropsicología no necesita más tecnología, sino más presencia, más cuerpo y más humanidad. Ahí está el bienestar.

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