Un taller sobre FASD en Seattle

A los ocho meses de embarazo, en el verano de 2023, me registré en la capacitación presencial que ofrece la Universidad de Washington sobre evaluación interdisciplinaria del trastorno del espectro alcohólico fetal (FASD, por sus siglas en inglés). Aunque la psicología clínica no emite este diagnóstico directamente, muchas veces somos parte del proceso de evaluación del perfil cognitivo, adaptativo y de aprendizaje, trabajando de la mano con otros especialistas. Después de años atendiendo niños con FASD, estaba emocionada de profundizar en un enfoque integral respaldado por la evidencia científica.

Viajé con mi pareja y nuestros dos perros a Seattle, y desde el primer momento me dejé envolver por la ciudad en verano: paseé por el campus, escribí en mi libreta durante los recesos y disfruté de la cafetería mientras procesaba mentalmente todo lo que estaba por aprender.

Durante el entrenamiento, trabajé con un equipo verdaderamente multidisciplinario: terapeutas del habla, terapeutas ocupacionales, pediatras del desarrollo, psicólogos, trabajadores sociales y un especialista en salud pública. Aprendimos a identificar y comprender las manifestaciones del FASD, que incluyen desde diferencias en el desarrollo cerebral, problemas de atención, memoria y funciones ejecutivas, hasta dificultades adaptativas y conductuales. La capacitación enfatizó la importancia de un enfoque transdisciplinario: en un mismo espacio podíamos evaluar y diseñar intervenciones, evitando que las familias tuvieran que visitar múltiples oficinas y reduciendo la fragmentación del cuidado.

Según la evidencia científica, el FASD afecta aproximadamente al 1-5% de la población mundial, y es una de las principales causas prevenibles de discapacidad intelectual. El entrenamiento abordó cómo evaluar indicadores físicos como rasgos faciales específicos y crecimiento afectado, pero también se centró en la función cognitiva y emocional, enseñando a adaptar estrategias educativas y terapéuticas según cada perfil individual.

Esta experiencia fortaleció mi capacidad para integrar conocimientos científicos y prácticas clínicas, reconociendo la complejidad de cada caso y la necesidad de un abordaje colaborativo. Salí de Seattle no solo con herramientas avanzadas, sino con una visión más profunda de cómo apoyar el desarrollo y bienestar de las personas con FASD, y con la certeza de que la intervención temprana y coordinada puede marcar una diferencia significativa en sus vidas.

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