El costo de la neuropsicología accesible

No siempre es bueno reducir los servicios de salud a dólares y centavos, pero a veces hay que hacerlo. Este año me he credenciado con múltiples planes médicos en tres estados donde tengo licencia profesional. Mi deseo siempre ha sido hacer mis servicios más accesibles, especialmente para la población que utiliza Medicaid. Lo veía como parte de mi ética profesional: si uno trabaja en salud mental y neurodesarrollo, tiene que pensar también en las familias que no pueden pagar cientos o miles de dólares de su bolsillo para obtener una evaluación. Pero el proceso me confrontó con una realidad mucho más compleja de lo que imaginaba.

La credencialización tomó meses. Cada estado tuvo sus propias barreras burocráticas. Nueva York tomó alrededor de cinco meses. California y Colorado tuvieron procesos distintos, igualmente largos y desgastantes. Formularios interminables, llamadas sin respuesta, documentación repetida una y otra vez, contratos difíciles de navegar. Mientras tanto, la práctica sigue teniendo gastos fijos: renta, plataformas electrónicas, materiales de evaluación, seguros profesionales, educación continua, administración y el tiempo clínico que muchas veces no se factura. Hay una conversación muy romantizada sobre la vocación en salud mental, pero pocas veces se habla del costo emocional y económico de sostener una práctica ética dentro de un sistema de salud profundamente comercializado.

Recuerdo la primera vez que vi el website de un neuropsicólogo en Colorado diciendo que no aceptaba planes médicos. Poco después vi otra práctica indicando que solo aceptaban seguros ciertos días de la semana y que priorizaban de la lista de espera a quienes podían pagar privado. En aquel momento pensé que eso sonaba elitista, incluso injusto. Pensé que probablemente era una forma de discrimen económico. Ahora entiendo algo que no podía ver hace cinco años: muchas veces esas decisiones no nacen de indiferencia, sino de supervivencia. No creo que una práctica pueda mantenerse abierta aceptando exclusivamente los “rates” de los planes médicos, especialmente en especialidades como neuropsicología, donde las evaluaciones toman muchas horas entre entrevistas, administración, corrección, interpretación y redacción de informes.

Lo que muchas clínicas terminan haciendo es aumentar de forma extrema la productividad de sus proveedores. Cuarenta horas de servicio directo a la semana. Evaluaciones una detrás de la otra. Menos tiempo para documentación, menos tiempo para pensar clínicamente, menos espacio para descansar. Un modelo completamente insustentable e inhumano. La literatura sobre el quemazón en profesionales de salud mental lleva años señalando cómo las exigencias administrativas, las bajas tasas de reembolso, y las cargas excesivas afectan tanto la salud del clínico como la calidad del cuidado ofrecido a los pacientes (Morse et al., 2024). Entonces uno empieza a entender por qué tantos profesionales limitan los seguros que aceptan, reducen cupos de Medicaid, o se mueven hacia modelos privados. No necesariamente porque quieran excluir, sino porque el sistema empuja hacia eso.

Ahora, con el corazón dividido, me trago un poco las críticas que verbalicé años atrás, y entiendo por qué algunas de esas decisiones terminan tomándose. Sigo creyendo profundamente en la accesibilidad. Sigo creyendo que los servicios neuropsicológicos no deberían ser un lujo reservado para quienes tienen dinero. Pero también entiendo que dentro del sistema estadounidense la salud funciona, muchas veces, como otro negocio más. Y cuando un sistema obliga a escoger entre accesibilidad y sostenibilidad, el problema deja de ser individual y pasa a ser estructural. Quizás la conversación no debería centrarse únicamente en por qué ciertos proveedores no aceptan seguros, sino en por qué el sistema hace tan difícil que puedan hacerlo sin sacrificarse en el proceso.

Seguiré auscultando cómo poder hacer los servicios neuropsicológicos accesibles en este país, pero lamentablemente, esa división de mi práctica privada estará en pausa hasta nuevo aviso.

Referencias

Morse, G., Salyers, M. P., Rollins, A. L., Monroe-DeVita, M., & Pfahler, C. (2024). Burnout in mental health services: A review of the problem and its remediation. Administration and Policy in Mental Health and Mental Health Services Research, 51(1), 1–15.

Ruiz, S., & McCallum, R. S. (2023). Access disparities in neuropsychological assessment services for underserved populations in the United States. The Clinical Neuropsychologist, 37(6), 1124–1141.

Thomas, K. C., Ellis, A. R., Konrad, T. R., Holzer, C. E., & Morrissey, J. P. (2023). County-level estimates of mental health professional shortage in the United States. Psychiatric Services, 74(3), 245–252.

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